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20 de julio de 2015 | Rafael Pulido

El estado de las cosas. Las cosas del Estado.

La política es tan antigua como la propia humanidad. Los sistemas políticos antiguos eran generalmente absolutistas. A partir de la Revolución  Francesa el sistema político experimentó un cambio y se instauraron regímenes en los que supuestamente la toma de decisiones corresponde a la voluntad general.

Aristóteles afirmaba que el hombre es un animal social. El animal también es social, pero el hombre no vive en manadas (aparentemente), sino insertado en un organismo social. Vinculaba la política  a la ética. Maquiavelo desprendió a la política de su calidad humana al dejarla como “ejercicio de poder” (débase de las cosas juzgar el fin que tienen y no los medios con que se hacen). Para él, el vulgo se debe llevar por las apariencias y por el resultado de las cosas. Por esto un gobernante debe actuar sin apartarse del bien mientras pueda, pero debe saber entrar en el mal de ser necesario.

La política se ha convertido esencialmente en lucha de poder. Sin embargo sería conveniente definirla como el arte de hacer frente a los problemas sociales y de evitarlos si es posible.

La pobreza, la esclavitud, las condiciones laborales opresivas, … , siempre han sido problemas sociales, pero han pasado a ser cuestiones políticas gracias al surgimiento de grupos y movimientos sociales antipobreza, abolicionistas, movimientos campesinos y obreros, … .

Dentro del debate público-privado surge la sociedad civil, que forma parte del lenguaje político y da lugar a la dicotomía sociedad civil – estado. La política implica el poder de conducir, la ciencia de organizar y el arte de prever con un fin: el bien del pueblo (Cicerón).

En la Francia revolucionaria se acuñaron los términos izquierda y derecha que aún perviven, solo por el lugar que ocupaban en la Asamblea las dos facciones mayoritarias presentes. El término Democracia es mucho más antiguo y posiblemente ambiguo, y remite a la soberanía popular, nombramiento de gobernantes y decisión de normas de convivencia, implicando necesariamente la participación ciudadana.

Tanto dentro de las izquierdas como de las derechas se encuentran los extremos cuyo enemigo común es la democracia. Pero aún con la existencia de diferentes y tradicionales modelos de derechas e izquierdas (conservadurismo, liberalismo, socialdemocracia, comunismo, …), los hechos han provocado una confusión entre la definición de lo que es pertenecer a unos u otros. Nuestros políticos supuestamente de izquierdas se comportan como la derecha; a su vez, nuestros políticos conservadores abrazan concepciones igualitarias. En el fondo es sólo una cuestión de interés por mantener esta división o falsa diferenciación, ya que resulta cómoda para sus respectivos intereses personales. Vemos como el conservadurismo  defensor de valores familiares o religiosos abraza la política liberal, y cómo los liberales no se oponen a la intervención del Estado en asuntos económicos. Como la socialdemocracia y el liberalismo van de la mano en una dudosa defensa a ultranza de la igualdad de oportunidad para todos los ciudadanos. Vemos como nuestros comunistas abrazan el estado del bienestar y defienden el modelo de economía mixta de mercado…..

Obviamente, seguir hablando de izquierda o derecha, no es la solución, ya que el problema radica en la cultura democrática. El mal de la democracia no está en el triunfo de la cantidad, está más bien en el triunfo de la mala calidad. La escasa educación de la sociedad abre un abismo entre las mayorías efectivas y las hipotéticas mayorías representativas. Convierte la democracia así en la tiranía para todos en favor de unos cuantos.

Para impulsar una democracia de consenso (social) se necesita una cultura democrática de diálogo y acuerdo, alejada de sectarismos y dogmas políticos, basada en el bien común, la integración y la solidaridad.

El poder oligárquico está presente en las llamadas democracias y es una clara consecuencia del déficit de cultura democrática de nuestra sociedad y, por desgracia, de sus representantes. Dentro de los ropajes de la democracia aparente cohabitan la corrupción y el autoritarismo, favorecidos por el poder residente en la cúspide del sistema social e institucional. Estas democracias aparentes carecen de garantías para  derechos como la libertad o los derechos sociales. Vemos con tristeza como la desilusión difunde la falta de confianza de la sociedad hacia las instituciones y los personajes que nos gobiernan. Lo cual lleva a la creciente falta de interés por participar para escoger a nuestros representantes, dejando a un lado nuestro derecho a decidir.

Nuestra ya débil democracia ha todavía de empeorar si no generamos movimientos a favor de la garantía de la libertad, de la educación adecuada, de la división y equilibrio de poderes y en defensa de formas de gobierno no proclives al autoritarismo ni personalización de la vida política.

 

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