
Que el sexo vende no es nada nuevo, y si la escena es machista la polémica está servida. Una de las discriminaciones directas más evidentes a que se ven sometidas las mujeres es, sin duda, la esclavitud de la imagen que según el modelo de sociedad actual deben tener. ¿Por qué tienen que ser todas altas, delgadas y guapas? La respuesta es sencilla: porque vende. ¿Acaso tú comprarías un perfume cuya imagen sea una mujer gorda y fea? Probablemente no, ni tú ni nadie. Las mujeres deben permanecer jovencísimas, sumisas, etéreas y esplendorosas, y los mensajes repiten una y otra vez que su vida cambia dependiendo de su pelo, altura, peso y su perfume. Lo más triste es que esto, la mayoría de las veces, es la cruda realidad. Los hombres se suelen asociar a la ciencia y a la empresa, con lujosos coches y titánicas mansiones; las mujeres son asociadas a la maternidad, la cocina o el sexo. Y si en algún caso remoto, muy remoto, la mujer aparece trabajando, se la representa en actitud o con vestimenta masculina.
Y todo porque las personas han sido educadas en una sociedad machista. De pequeños, ellos son fuertes guerreros, y ellas frágiles princesitas o muñequitas de porcelana que tienen que ser salvadas por un príncipe azul. Y desde aquí hago un llamamiento nacional, internacional, mundial: si alguien encuentra al príncipe azul ese que me llame, porque ni existe él ni la dulce princesita de cabellos dorados y cara frágil que lo espera en el torreón. Esta educación hará que en un futuro no se pueda pedir a una persona que sea tolerante, y que no valore a un hombre por el coche que lleve, ni a la mujer trofeo que va en el asiento del copiloto.
Algunas empresas de publicidad aprovechan este tema tan polémico para crear sus campañas. Se utiliza a la mujer como objeto sexual, posesión del hombre, un florero que hay que admirar y criticar, pero constructivamente. Son tristemente famosas las campañas publicitarias de Dolce & Gabbana, Tom Ford o Axe.
En la de D&G, una modelo es forzada por un modelo, mientras otros cuatro miran. Y la gente se alarma y se pregunta qué puede llevar a un agente publicista a retratar a una mujer en esa situación. Pero nadie se da cuenta que con eso ya han conseguido que todos reconozcamos la foto allí donde la veamos y que hablemos de ella.
Tom Ford, un diseñador y director de cine norteamericano, lanzó al mercado su perfume pseudónimo con una foto bastante sugerente que mostraba el frasco entre los pechos y el pubis de una mujer. Consiguió con eso atraer las miradas del sexo masculino, al menos.
Y la última, pero no menos penosa, es la campaña de una conocida marca de desodorantes, donde los hombres se valoran según su poder de dominación y conquista femenina. A esto se añadió un juego en su portal web en el que se tenía que pegar a mujeres con un mazo, cuantas más pegases más puntos ganabas.
Que existan campañas machistas no implica que no existan feministas. Porque, ¿quién no ha visto el anuncio en el que un seductor Miguel Ángel Silvestre se tumba al más puro estilo Matthew McConaughey, mientras se abre un botón de la camisa? Éste es el mejor ejemplo de hombre florero. ¿Por qué todos los hombres tienen que ser sensuales, atractivos y triunfadores? La feminización del hombre ha conseguido que se creen términos como metrosexual o übersexual (para los metrosexuales tímidos).
Y si alguien se pregunta qué efecto tiene esta denigrante publicidad en los jóvenes, que sepa que, por lo menos a mí, me importa poquísimo. Que no nada, porque a todos nos influye: en nuestra manera de vestirnos, de pensar, de ir de compras, y un largo etc.… Y luego se pide a los jóvenes que seamos abiertos, tolerantes y nada machistas u homófobos; pues lo siento, pero no, porque el que siembra vientos, recogerá tempestades.
En definitiva, la publicidad se hace como se hace porque vende, y aunque la gente diga que las campañas publicitarias son machistas y sexistas, todos hablan de ellas y las comentan.
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